lunes, 14 de abril de 2008

EL TIEMPO AMERICANO

Hemos sostenido tiempo ha (1) que el acceso al tema de América supone la respuesta a dos preguntas claves: ¿Qué es América en sí misma? y ¿quién es, o qué es ser americano?

La primera cuestión la hemos intentado resolver a través de la categoría de lo hóspito.

Dado que en América todos somos inmigrantes, unos antes y otros después, desde los primeros hombres que a través del estrecho de Behring (2) accedieron al continente hasta las últimas oleadas de asiáticos en nuestros días, el carácter de ser hospitalario como el sentido último del ser de América se torna evidente.

América es recipiente. Y así hospeda a todo hombre que viene de lo inhóspito. Llámese persecución, hambre, enfermedad, guerra. En definitiva, de la imposibilidad de ser plenamente hombre. El ser de América podemos caracterizarlo, entonces, como lo hóspito. Pues, si nos demoramos un poco más en esta categoría vemos que lo hóspito es un albergar que ofrece las condiciones para el pleno desarrollo de lo humano, de ahí que se nos haya caracterizado como "el continente de la esperanza". Ahora bien, lo hóspito no se cumple en el simple estado de apertura: "para todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo", sino que por ser albergar, además, reclama para su acabamiento o perfección el esfuerzo de fundar un arraigo, de constituirse en americano.

Una analítica de lo hóspito nos lleva así, al albergar. Mas éste supera su carácter pasajero, meramente hospitalario, cuando el hombre se arraiga, fecundando a América, convirtiéndose en americano. Ahí comienza el hombre, entonces, a morar América. Este morar es captado por los otros, los no-americanos como un demorarse, como "un perder el tiempo". Pero, ...no nos adelantemos.

La segunda cuestión -¿quién es americano? o ¿qué es ser americano?- tiene que ver con el sujeto que se dice tal. Ahora bien, nuestro acceso filosófico creemos encontrarlo en el núcleo aglutinado de su personalidad, en los rasgos estructurales de su conciencia.

Cabe aclarar, antes de continuar con la meditación, que si bien la respuesta a la cuestión: ¿qué es América? se extiende con validez a todo el continente y desde que el primer hombre holló su suelo. La cuestión del sujeto y los rasgos estructurales de su conciencia se limita al hombre iberoamericano dado que en el caso del anglosajón no existe tal cuestión, pues éste es más bien un transterrado o trasplantado de Europa en América. Y al no mixturarse con el aborigen su conciencia sigue siendo típicamente europea.

Vayamos, pues, al grano. En América tenemos dos grandes cosmovisiones: la india, aborigen o precolombina y la europea descubridora. Sabemos por Bernardino de Sahagún que América fue hallada (etimológicamente significa dar con algo sin haberlo buscado) por el vikingo Ullman cuando desembarcó en Panuco en el golfo de Méjico en el 967 de nuestra era. Pero ello no nos dice nada, pues ninguna de estas expediciones insertó a América en el mundo. El hecho magno es el descubrimiento de América por Colón que como sostiene el rumano Vintila Horia: "Si descubrimiento es develar, alétheia en griego, entonces los vikingos no develaron nada, y los españoles lo develaron todo, incluyendo los territorios del descubrimiento en la conciencia geográfica, etnográfica, económica y cultural del resto del mundo, una vez y para siempre" (3).

Con el descubrimiento chocan o se encuentran, como se dice hoy, estas dos cosmovisiones. Y en el abrazo ciclópeo que se dan los enemigos en la lucha o los amantes en el lecho, los españoles se mixturaron sin tapujos ni temores con "el indio" americano.

De esa colosal mixtura indo-hispana surgimos nosotros, la América criolla, la América morena. Dicha simbiosis produce una conciencia: la hispanoamericana, como un mixto perfecto, portavoz de una cosmovisión propia -ni tan español, ni tan indio, dirá Abel Posse-, análogamente diferente a las cosmovisiones de que está compuesta.

¿Qué rasgo propio de aquellos aborígenes de mil lenguas y centenares de etnias perduran en nosotros? ¿Qué rasgos propios habitan en nuestra conciencia de aquellos españoles de las mil razas que poblaron Iberia y forjaron América?

Destacamos dos: la categoría de tiempo americano que nos viene de nuestra matriz telúrica y la holística de jerarquía y valores objetivos que proviene de la cosmovisión católica o bajo medieval, "que es la que rescata al indio americano de la oscuridad de sus ídolos" en la expresión de Jaime Eyzaguirre (4).

Dado que en otros trabajos ya nos hemos ocupado de lo católico no como categoría confesional sino como rasgo distintivo que especifica la Weltanschauung del hombre europeo arribado a América, en esta meditación nos vamos a detener en la explicitación del tiempo americano.

A este tiempo tan nuestro desde siempre se lo ha confundido como "indolencia nativa o gaucha", que los europeos que vienen de visita, como observadores u hombres de negocios denostan junto a la holgazanería criolla simbolizada en la siesta.

Testimonios hay muchos, traigamos solamente el de un avisado viajero inglés que en l825 cruzando de este a oeste ida y vuelta el cono sur de América decía: "La clase más rica de gente en las provincias no está acostumbrada a negocios. Los más pobres no quieren trabajar. Ambas están totalmente destituidas de toda idea de contrato, puntualidad o valor del tiempo" (5).

Pasado algo más de un siglo ese gran mamarracho de las letras argentinas, Ezequiel Martínez Estrada, se queja que no encuentra peones ni sirvientas y que la indolencia y la siesta nos retrotraen a la época del virrey Sobremonte (carta a su amigo Scheimes 10-3-1948). Hoy, casi medio siglo después, los coreanos recién venidos se quejan de la indolencia de los bolivianos "que duermen de día" (la siesta) y los someten a condiciones de esclavitud en la mismísima Buenos Aires encadenándolos a las máquinas de coser para que "no pierdan el tiempo".

Este tiempo incomprensible para "los otros" forma parte sustantiva de nuestro núcleo aglutinado de la personalidad. Es un tiempo específicamente diferente del estadounidense time is money así como del laissez faire de la Europa decadente.

Alejado del instantaneísmo tecnotrónico como del apuro citadino cosmopolita, nosotros el tiempo lo vivimos como un madurar con las cosas. Al
respecto cabe recordar al Martín Fierro "el tiempo es sólo tardanza de lo que está por venir". Esa tardanza agudiza en nosotros el sentido de la espera y destaca el éxtasis temporal del advenir. Es el tiempo stricto sensu existencial de nuestra cosmovisión. El tiempo que nos damos para ser, para existir genuinamente. Este tiempo está anclado en una categoría fundamental que muy bien vislumbró el filósofo Rodolfo Kusch: "el estar aquí" (6) que nos vincula a una geografía determinada propia del hombre americano arraigado, por contraposición al "ser alguien", típica de la yanquilanizada sociedad de consumo que hoy afecta incluso a las grandes urbes hispanoamericanas.



Este tiempo americano que nosotros caracterizamos como maduración con las cosas, no es como creyó la conciencia europea de un Hegel (7) o un Keyserling (8), la revelación de un mundo -el americano- sin espíritu y pegado a la naturaleza, sino que la maduración nos indica la interrelación entre una naturaleza pródiga, no escasa como la que se da en América, con el sujeto americano que la acompaña sin forzar su desenvolvimiento.

Es que en América la inconmensurable fuerza de la naturaleza impone al hombre sus ritmos regulares, de ahí resulta que la valoración del tiempo es completamente diferente en Iberoamérica que en Europa o EE.UU., donde el espíritu colonizador del europeo moderno triunfó completamente. La exasperación de un norteamericano o de un europeo ante un iberoamericano incapaz de respetar los plazos otorgados a sus trabajos; la impuntualidad en los encuentros; la lentitud incluso en los movimientos, crea la impresión que solemos producir de improvisación y superficialidad, cuando todas ellas no son otra cosa que manifestaciones sensibles de ese tiempo americano del que venimos hablando.

La naturaleza se impone en América y el americano no espera humanizar ni dominar la naturaleza, como esos jardines franceses todos recortaditos. Tampoco se somete como sostenía el humanista Ernesto Grassi (9), sino que la acompaña.
De ahí que nuestro tiempo lo cataloguemos como maduración con las cosas.

Más allá del loable esfuerzo del eximio humanista que fue Ernesto Grassi, creemos que sus tesis no están muy lejos de las de un Hegel, un Papini o un Hermann de Keyserling. Pues, al radicalizar el sometimiento del hombre americano a la naturaleza va a sostener que este hombre es ahistórico. Pues si la historia es el registro de lo irrepetible, de lo transitorio, de aquello que está en permanente devenir. Y como la vida americana deja de lado toda dimensión histórica pues el hombre de nuestras latitudes está, siempre según Grassi, sometido a la naturaleza que es cíclica, regular y reiterativa. Este hombre es ahistórico.

Antonio Pérez Amuchástegui, ese gran historiador argentino, se aproxima a lo que deseamos expresar cuando con aguda fineza precisa en este aspecto: "Y como nada le apuraba ni le urgía, el gaucho desdeñaba olímpicamente el peso angustioso del tiempo histórico" (10). Subrayamos el término desdeñar, aun cuando no es exacto pues ello indicaría que existe una intención expresa del criollo respecto del tiempo histórico y eso no es así. Además si existiera "intención expresa" de desdeñar el tiempo histórico, ello significaría que, aunque se oponga, participa de esa concepción del tiempo. Desdeñar el tiempo es entrar en ese mismo curso temporal. En realidad el término que debería haber utilizado es despreocupar. En el sentido de que no se ocupa de ese tiempo. No lo tiene en cuenta.

El curso temporal de la conciencia iberoamericana es otro. Se decodifica no por oposición al tiempo histórico sino que posee otra dimensión, que catalogamos como " un madurar con las cosas". Dichos como "a cada día su afán" o "no por mucho madrugar se amanece más temprano" barruntan algo de ese tiempo tan nuestro.

El sentido de la historia para el europeo medio hasta la segunda guerra mundial ha sido lineal y progresivo siguiendo el modelo del Iluminismo racionalista. Esa hecatombe mundial, si para algo sirvió, fue para hacerle tomar conciencia de que él no era el paradigma de hombre sino sólo una versión. Ernesto Grassi, como tantos otros que nos vinieron a estudiar a partir de ellos y sus preconceptos no llegó a percatarse, que otro es el sentido de la historia hispanoamericana, pues desde el siglo XVI, ab ovo, tomó un camino diferente al resto de Occidente.

El hombre que llega a América - que en Europa estaba condenado de antemano a una ocupación encorcetada en los estrechos límites que su familia había ocupado durante siglos - vuelve aquí a ser dueño de su alma. En América volvió a sentir bajo sus talones el costillar de Rocinante y retomó el camino con su adarga al brazo. Lo sedujo el paisaje y las posibilidades que ofrece la vida misma.

Hace muchos años un pensador colombiano, Eduardo Caballero Calderón (11) hablando de la diferencia entre americanos y europeos dijo que estos últimos eran hombres históricos que poseen una cultura detrás de sí que hace que sólo sigan viviendo.

No es necesario ser un filósofo, cualquiera que haya viajado alguna vez se da cuenta que en Europa está todo hecho, todo urbanizado. Los conceptos de llanura, montaña, bosque, selva, campo perdieron allí hace siglos su significación prístina, primitiva y para volver a encontrarla el europeo tiene que recurrir a la leyenda y a los libros. Esto es, al pasado, el tiempo histórico.

El resurgir contemporáneo de los mitos indoeuropeos en Europa no sólo se explica por la decadencia manifiesta del cristianismo, sino también por estas razones.

En torno del americano está siempre el paisaje. Sus conquistas no son regresiones en el tiempo sino avances, instauraciones. De ahí que se destaque el éxtasis temporal del advenir, que funda la espera y permite el madurar con las cosas. Cuando el hombre, hasta el último recién llegado a América funda por sí un nuevo arraigo, fecunda a América, podemos afirmar que ese ya es americano. Ese último inmigrante ya es un indianete. Lo hóspito llegó a su plenitud. Y así el tiempo americano como una dimensión del espíritu queda íntimamente vinculada al paisaje y con el quehacer de ese paisaje.

La colosal inmensidad de sus llanuras, selvas, montañas y ríos hacen que la conciencia del hombre americano –específicamente el tiempo y su significado- tengan un sentido diferente que aquel de Europa o de las sociedades avanzadas.

La sabiduría romana hablaba del genius loci, del genio del lugar - clima, suelo y paisaje- a partir del cual adquiría sentido el carácter del hombre. Y en ese contexto nuestro genius loci es el que determina, en profundidad, la categoría americana.



Alberto Buela

Publicado por Agenda de Reflexión

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