Desde el retorno de la democracia, pocas cosas han evitado que la República Argentina se transforme en un país desarrollado, como el progresismo autóctono. Es paradójico que se llamen a sí mismos progresistas quienes con más ahínco se oponen al progreso, ¿no?
El progresismo es el “lugar” en el que todos dicen querer estar. Ser progresista, en la Argentina, es sinónimo de ser una persona respetable que quiere, más que cualquiera que no lo sea, la felicidad del prójimo. El título cuasi nobiliario cubre automáticamente, a quien lo porta, de una pátina de don de gente que no se podrá encontrar en los miembros de ningún otro club social.Para empezar, nadie puede considerarse a sí mismo –ni a un tercero- defensor de los Derechos Humanos si no luce ese prestigioso mote. Si así no fuera será, en todo caso, un farsante que cubre otras deleznables intenciones bajo la cálida piel de cordero que reviste la divina pertenencia.Ni siquiera ser peronista es carta de presentación suficiente como para acceder a los beneficios que el club de los progresistas brinda a sus cada vez más numerosos miembros. Y eso que, por estos días, el matrimonio que monopoliza el uso del diccionario político ha decretado que el otrora movimiento creado por el general Perón ha sido rebautizado en las sagradas aguas del Río Santa Cruz, lo que instantáneamente convirtió a sus múltiples integrantes en adalides de la fe progresista del nuevo milenio.Pero no tan sólo la defensa de los Derechos Humanos es patrimonio exclusivo de los miembros de la progresía argentina. La búsqueda de la inasible justicia social, de la ecuanimidad en la distribución del ingreso o de la pacificación de la humanidad, también son objetivos que le pertenecen en soledad.De más está decir que el gobierno del matrimonio Kirchner es a la vasta masa progre lo que el Vaticano a la grey católica. Por lo que, cualquiera que se oponga a cualquiera de las tantas sentencias de su catecismo, con toda seguridad pasará a formar parte de la oligarquía que se siente dueña de la Argentina, del neoliberalismo destructor de la maldita década de los noventa o, peor aún, de la sinarquía internacional que desde tiempos inmemoriales busca la explotación del pueblo y la expoliación de la infinita riqueza de nuestro territorio.Lo cierto es que desde que hace un cuarto de siglo retornara la Democracia en nuestro país, el autodenominado progresismo ha sido el que más hizo para impedir que la Argentina… ¡progrese!
Tamaño despropósito sólo es posible en una sociedad donde a los conservadores se los llama libelares, a los liberales conservadores; y a muchos fanáticos fundamentalistas que buscan la conculcación de las libertades públicas, so pretexto de su subordinación al superior bien de la justicia social, se los llama progresistas.Lo primero que llama la atención es cómo aceptan formar parte de ese ecléctico club personas sobre las que no caben dudas acerca de sus buenas intenciones y su don de gente. ¿Cómo personas como Beatriz Sarlo, Fernando Iglesias, Elisa Carrió, Pepe Eliashev, Jorge Lanata, Jorge Fontevecchia, Hermes Binner o Fabiana Ríos, pueden sentirse englobadas en la misma filosofía política y social que Luis D’Elía, Guillermo Moreno, Aníbal Fernández o los Kirchner mismos? Sin dudas, es incomprensible.Lo cierto es que este malentendido progresismo argentino se ha especializado, a veces sin quererlo y otras veces otras por estúpidos prejuicios semánticos, en evitar que millones de argentinos que por estos días forman parte de las enormes masas pauperizadas que sobreviven en los alrededores de los pocos centros urbanos más o menos desarrollados del país, progresen y accedan a un futuro deseable tanto para ellos como para sus hijos.El progresismo argentino se ha dejado convencer por el peronismo de moda –el K- de que es mejor igualar para abajo antes que repetir experiencias traumáticas como la vivida a lo largo de la larga década menemista. Y así, atontado, sin capacidad para analizar que esas dos no son alternativas excluyentes, corre a refrendar con ese hálito de pureza que sus credenciales representan para mucha gente de a pie, cualquier iniciativa que el kirchnerismo propone en contra de los pocos que han podido últimamente escapar a la mediocridad en la que han caído el país y la sociedad argentina en su conjunto.En todo caso, si lo que une a unos y otros –kirchneristas y progresistas no kirchneristas- no es el amor a algo sino el espanto que les produce constatar que existen argentinos que no hayan sido aplastados por el alud que tapó buena parte de nuestra geografía social hace poco más de un lustro, los autodenominados progresistas deberían enterarse que no lo son y que están a punto de convertirse en seres tan autoritarios como quienes los incitan desde el unicato dominante. En perros del hortelano del matrimonio Kirchner.Por progresista se entiende, o mejor dicho, debería entenderse, a izquierdistas moderados como los que han hecho de muchos países europeos, territorios donde sus habitantes pudieron alcanzar el más alto grado de desarrollo humano de la historia. Comprendiendo que el capitalismo liberal es el sistema que motoriza el verdadero desarrollo, y aprovechando sus tantas virtudes para que quienes no logran acceder a niveles económicos altos por cuestiones ajenas a sus potencialidades, por lo menos tengan, provistos por sus Estados, acceso real a una educación y una salud de alto nivel. Así se les garantiza un piso de calidad de vida envidiable para cualquier sudamericano de clase media.Ese es el verdadero progresismo. El que, por ejemplo, profesó siempre Felipe González, un estadista que logró que su país, España, le abriera las puertas al progreso para que en un par de décadas pasara de ser un país subdesarrollado a una de las diez principales potencias mundiales.En síntesis, lo que los “progres” argentinos no han podido comprender es que el verdadero progresismo es el que lucha, con sus armas y sus ideas, tan importantes como las de sus contrincantes ideológicos liberales, para que los integrantes de las sociedades de las que forman parte tengan continuamente una mejor calidad de vida.Y aunque sus cantos de sirena así lo hagan parecer, no es eso lo que Néstor y Cristina Kirchner buscan para los argentinos.
Escribe Enzo Prestileo (Publicado en Semanario Noticias y Protagonistas de Mar del Plata)
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