domingo, 19 de febrero de 2017

¿ LOS PUEBLOS TIENEN LOS GOBERNANTES QUE SE LE PARECEN?






Escribe Virna Cedeño


Hace poco, en conversación de amigos sobre política y problemas que enfrentan países latinoamericanos, surgió la frase “cada pueblo tiene el gobierno que merece”. Frase controversial que un pensador francés modificó a “los pueblos tienen los gobernantes que se les parecen”. Ambas frases plantean interrogantes y generan desasosiego. ¿Las serias denuncias de corrupción al Gobierno brasileño o al anterior Gobierno argentino o los papeles de Panamá que vincularían a funcionarios de gobiernos con manejos turbios, reflejan lo que son cada una de nuestras sociedades? ¿Un gobierno corrupto refleja una sociedad corrupta? ¿Un gobierno autoritario y prepotente refleja una sociedad que prefiere fuerza y despotismo a diálogo y consenso? ¿Son nuestros gobiernos reflejo de lo que somos?
En democracia los gobiernos son elegidos por mayoría. Bajo ese concepto podríamos deslindarnos de la responsabilidad con un simple “no voté por ellos”. Sin embargo, deberíamos preguntarnos qué factores condujeron a esa mayoría a elegir determinado gobierno.
La historia es buena fuente de análisis para comprender el presente. Por la historia constatamos que mundialmente los mayores cambios políticos y sociales han estado relacionados a períodos de creciente descontento social. Sistemas autocráticos, como el zarismo ruso o la monarquía francesa, condujeron a la exasperación de las clases populares urbanas y campesinado, sometidos a una miseria generalizada, lo que generó protestas sociales que desembocaron en revoluciones que cambiaron la historia contemporánea mundial.
En nuestra región, la revolución cubana, los gobiernos chavistas, kirchneristas y correístas son ejemplos de que las sociedades debemos evitar reducidos grupos privilegiados y desigualdades sociales extremas. Las tensiones, sociales y políticas, contenidas largo tiempo, abonaron el terreno para el surgimiento de movimientos que prometieron liderar una transformación política, social y económica, logrando aglutinar así gran parte de una sociedad hastiada e insatisfecha.
Lamentablemente, la historia muestra que en la mayoría de casos aquellos que dijeron abanderar dicha transformación terminaron traicionando sus compromisos, excediendo la inequidad, corrupción y abusos de poder cometidos por aquellos que dijeron combatir. La sociedad, decepcionada y con el sentimiento de haber sido una vez más traicionada, busca el castigo que considera merecerían sus traidores a través de nuevas alternativas y con el riesgo de cometer los mismos errores. En su estrategia para evitar la debacle, los gobiernos de turno han propendido a la polarización de la sociedad y la lucha entre clases sociales, atizando los temores a la vuelta a un pasado oscuro.
No pretendo dar soluciones, más bien plantear interrogantes. ¿Qué factores hacen a una sociedad vulnerable al deslumbramiento ante ilusionistas y farsantes políticos? ¿Qué hacer como sociedad para evitar transiciones desesperadas que no solucionarán nuestros problemas? ¿Qué hacer para que aquellos grupos que gozan de mejores condiciones sean conscientes de su rol en reducción de inequidades sociales chocantes que conducen a bombas de tiempo sociales? ¿Qué hacer para convertirnos en sociedades más equitativas en las que todos sus miembros vivan en condiciones dignas? ¿Qué hacer para convertirnos en una sociedad en la que los valores éticos y morales prevalecen sobre intereses económicos o políticos?
Tal vez respondiendo a estas interrogantes podremos construir una sociedad orgullosa de que sus gobernantes sean un reflejo de ella

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